
EL RUGBY, TAMPOCO
El cine es un transmisor de emociones, pero hay un ámbito de la realidad que se le escapa: los deportes de equipo. Con excepción del baloncesto, que no ha dado a la historia grandes películas pero sí ha visto en la pantalla reflejado su espíritu rápido y cambiante, y el fútbol americano, sobre el cual gira una de las grandes películas deportivas de todos los tiempos, Un domingo cualquiera, de Oliver Stone, no existen filmes que hayan acertado a representar en el cine la emoción que transmiten los deportes jugados en equipo. El cine es patrimonio de las disciplinas individuales, como el boxeo, el atletismo o el tenis, a través de historias personales de superación. El fútbol, el deporte más popular de cuantos hay en el mundo, todavía espera esa gran película que haga justicia a las relaciones entre los dos grandes espectáculos de masas surgidos en el siglo XX. Hay filmes interesantes sobre fútbol, pero ninguno de ellos ha sabido representar en imágenes la pasión de un partido. Las grandes obras, como The damned United, de Tom Hooper, Furia española, de Francesc Betriu, o Buscando a Eric, de Ken Loach, recurren al material de archivo, a la realidad del juego para representarlo en la pantalla. Las películas más famosas, caso de Evasión o victoria, de John Huston, o Quiero ser como Beckham, de Gurinder Chadha, destacan por su historia y el oficio de sus directores, pero flaquean en la plasmación del desarrollo de los partidos. Por eso se perdona que Sylvester Stallone se encarnara en un portero malo en el filme de Huston. Si sobre fútbol hay algunas películas visibles, el rugby tiene una relación todavía peor con el cine. Rebuscando la filmografía sobre un deporte que goza de mayor consideración entre la población que el fútbol en países como Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica, se pueden encontrar rarezas como The sum of us, de Kevin Dowling y Geoff Burton, un filme australiano con un joven Russell Crowne al frente del reparto, la reciente Forever Strong, de Ryan Little, o la comedia gamberra No hay pelotas, de John Godber. Muy poca cosa para una disciplina que levanta verdaderas pasiones en aquellos países que fueron algún día colonias británicas. Hoy viernes llega a los cines españoles Invictus, la última película de Clint Eastwood y la que, para muchos aficionados al rugby, constituye la gran esperanza de ver un filme de calidad sobre dicho deporte. Basada en el espléndido libro de John Carlin El factor humano, Invictus se centra en esa parte del relato de Carlin que tiene que ver con el rugby, en el esfuerzo de Nelson Mandela, protagonista absoluto del filme interpretado por Morgan Freeman, por lograr la cohesión de una nación, dividida durante siglos por el ignominioso apartheid, entre blancos y negros, entre aficionados al fútbol y seguidores de los Springboks, la selección surafricana de rugby. Pero, pese a los esfuerzos (y el numeroso equipo de asesores sobre el juego con el que contó) de Eastwood por reflejar la emoción del rugby en los partidos del Mundial de 1995, disputado en Sudáfrica y sobre el que gira toda la acción del filme, la sensación que le queda al espectador es que Invictus nunca logra meterlo en esas melées, esas touches o esas transformaciones de los golpes de castigo. No hay dureza en las imágenes de un deporte tan noble como violento y la emoción de un choque en el que se jugaba su existencia todo un país recuerda, trasladada al fútbol, a la que destilaban las jugadas reproducidas por Huston en Evasión o victoria. Muy poco bagaje para el primer filme producido por Hollywood que trata de manera seria el rugby. Invictus demuestra que tampoco el rugby ha encontrado su película. Otra cosa son sus valores cinematográficos, que a mí no me corresponde juzgar, sino a los críticos de Turia.
Texto de PACO GISBERT, publicado en La Cartelera Turia, 20-01-2010.